Una mañana, al despertar, el sol entraba por la ventana. Tenues eran los destellos de luz que se filtraban a través de las persianas que la cubren. Mis ojos percibían el nuevo despertar de una forma diferente, la luminosidad me llenaba plenamente. Seguro estaba de que este despertar era especial, me sentía renacido.
Mis pies al pisar los fríos azulejos se encogían por reflejo natural. Sin embargo, mis pisadas me parecían más firmes que de costumbre.
¿Había cambiado algo durante la noche?, ¿será tal vez que mi alma se ajustó mejor a mi cuerpo?, ¿habré cambiado de esencia durante el sueño?, erase así como dialogaba para mi ser. Y mientras este soliloquio silencioso continuaba, mi dirección se aproximaba hacia el espejo.
Habríame sorprendido si viese mi cuerpo de una forma diferente. Anomalías, mejoras, nada era diferente.
¿Qué había entonces que me hacía sentir de esa manera?
Mi discurso, habíame llevado a concluir en disertaciones sobre mi propia esencia. Sin llegar a nada concreto. Ese día mi mente se volcó al darme cuenta de que todo lo que permanece constante, está en movimiento.
Podría esto resultar en algo contradictorio, como en muchas de mis elucubraciones.
En ese momento fue cuando eché una mirada hacia el pasado. Recordé episodios detestables de mi vida, así como magnificentes. Algunos que me tiraron de bruces, otros que me hicieron sentir como deidad del Olimpo.
Fue entonces que una mirada de malicia se apoderó de mi semblante para entonces revelar el sometimiento de mis ideas.
Nunca hemos cambiado, siempre seguiremos siendo los mismos.
Somos hipócritas y máscara sobre de máscara, solo he aprendido a mirar de frente a los ojos de la serpiente sin acaecer en su pervertidora mirada. Hemos aprendido a utilizar las herramientas para deformarlas en armas a nuestra conveniencia. Hemos aprendido a manipular sensaciones y sentimientos a nuestra propia alevosía. Solo nos volvemos cada vez más cautelosos y pérfidos.
Nunca hemos cambiado, únicamente nos damos cuenta de lo que realmente somos capaces y de lo que somos realmente.
Nunca he cambiado, solo he aprendido a no sucumbir ante mis sentimientos atendiendo más a mis necesidades.
Siempre seré el mismo, solo voy aprendiendo, voy aplicando y voy mejorando.
¿Moralmente prejuicioso?, tal vez, pero la naturaleza no entiende de ética o moral, solo sobrevivencia. Y aunque el ser humano, en su vanidad haga eterno alarde de su superioridad, seguirá siempre peleando por su estrato en la biosfera, seguiremos siendo animales hasta el final de nuestros días. Eso no cambia.
Antropólogos, eruditos y expertos solo lograrán descubrir las huellas de nuestras memorias dejadas por nuestros antepasados.
Para mí, durante nuestra estancia en la tierra, solo aprendemos de nuestros propios errores como especie. Sin embargo, nunca cambiamos. La evolución no es un cambio que yo pudiera definir sistemático, bien me gusta la idea de que es súbito.
La sonrisa que se dibujó en mi semblante, al terminar de degustar de mis conjeturas, me hizo, de manera burlesca, concluir volteando la cabeza hacia el hombro, cerrando los ojos y exhalando un ligero suspiro de soberbia. Cuando este sentimiento se hubo desaparecido, me mantuve sostenido con ambas manos sobre el lavabo, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia el frente, mi espíritu había liberado veneno. Sentíame como si una pesada carga se hubiere sublimado.
No es que existiera pesar para mis adentros, hizo falta comunicarme conmigo mismo.
Hice un profundo énfasis en mis objetivos personales.
Por lo que recordé una frase que con antelación había venido maquinando en la mente.
"Cuando la meta es clara, aparecen los caminos". He logrado llegar a la meta, sin duda en bastantes ocasiones, los caminos fueron apareciendo, poco a poco, unos más misteriosos que otros, y sin duda, algunos me hicieron perder la fe en que lograría a cumplir con mi cometido.
Pues es así en ocasiones se saborea el tiempo.
Para cuando mi "autodiscurso" culminó, el agua estaba escurriendo de mi cuerpo. Cual catarsis habíame parecido ese baño, no era el cuerpo, sino el espíritu y la mente lo que se sentían purificados.
Habíame terminado de colocar mis atuendo y dirigíame a mis labores.
No era otro ese mismo día. Más bien me di cuenta de la importancia de mi vida, de mi valor etéreo más que material.
Caminaba hacia la puerta que me conducía al mundo terrenal, aquél que le pertenece a los hombres, en cuanto entré en contacto con la sociedad humana, se desvaneció la ilusión. Volví a ser humano, volví a ser animal, volví a ponerme la máscara de hipocresía.
Y mientras esa máscara cubría lentamente mi cara, recordé la frase de un amigo, "si yo escribiera un libro, se titularía: un hombre normal en un mundo no tan normal". Que para mí significa, portar la máscara de hipocresía humana, sobre el rostro del valor etéreo de mi esencia existencial.
Ese día, descubrí y aprendí que existe en mí "otra naturaleza humana".
Algún día abandonaré la máscara que ahora porto, las apariencias no se mantienen para toda la obra, en algún momento dejaré detrás aquél disfraz que me cubre ahora. Aún no es tiempo.
Toda obra literaria culmina ora en drama, ora en tragedia, ora en comedia. No decidiré yo cómo culminará ésta obra que escribe mi vida.
El lector es quien juzga por final la dirección de la obra, y en el libro de la vida, no es el ser humano aquél que tiene la última palabra.