martes, 26 de febrero de 2013

Aquél que se cansó de amar.

El tiempo habla de los mitos que han existido a lo largo de las eras. Y sin embargo, me he negado a creer que existan seres a quienes el amor les es indiferente y solo buscan excusas para hacerse pasar por fuertes aunque en el fondo del corazón están tan heridos que el hecho de pensar en el dramático final de sus historia vuelva a repetirse les causa pavor y lo evitan a toda costa.
Porque aún existen aquéllos que lo dan todo al principio y al no ver respuestas, prefieren seguir preguntando por otros senderos. Puesto que sus dudas ya no son aclaradas por aquéllos a quienes en un principio preguntaron. Tal es el destino de éste hombre, enamorado sin fin que entregó siempre el corazón con las manos, sencillo de alma y ojos sinceros. Los rechazos del amor le envenenaron el más preciado regalo que había otorgado a sus amantes. Ese veneno se esparció por todo su cuerpo, convirtiéndose en hipocresía inclusive para sí mismo. Un hombre lleno de odio que no aprendió mas que fastidiarse de sus amantes y que ahora solo sabe divertirse arrebatando los sueños que a él en algún momento le pertenecieron, esos sueños que ahora son pesadillas de las promesas eternas.
Ahora el amor es dolor, las mariposas en su estómago ahora son parásitos que horadan sus intestinos causándole fuertes contracciones que su propio pecho resiente, provocando a su vez alucinaciones cual muerte súbita, mira su vida correr en un segundo frente a sus ojos.
Por ello es que ahora estos hombres solo han aprendido a vivir con el amor como aquél que aprende a vivir con espinas en las manos, pues son sensibles al tacto y evitan el contacto humano a costa de su propio dolor.
Pues su pareja ideal se enamora a su mismo paso y al no existir pasión tan profunda ya entre los humanos, tienen que conformarse con las migajas que sobran de los sueños desechos que otros han dejado detrás, esos vestigios que apenas pueden reconocerse de entre los escombros del arrepentimiento. Parejas imperfectas que nunca alcanzarán a ser la idealidad de la exigencia divina de la que provinenen los hombres que no saben amar. La pureza de su espíritu se mantendrá a través de los siglos y su corazón será librado de las tinieblas cuando al fin muera esa ilusión de la que se mantienen presos, porque comprarlos con regalos no servirá de nada y solo esperan ser librados con palabras. Palabras que los humanos, no aprendieron a pronunciar.
Su decepción es tal, que prefieren por fin vivir decepcionados, disfrutando ver las lágrimas de los humanos correr por sus mejillas testigos de que sus delitos fueron reales y que a pesar de su arrepentimiento, no podrán cambiar, ¿cómo podría el sufrimiento divertir a otros?, de ninguna manera, solo aprendieron a copiar el comportamiento humano, lo que a los humanos divierte en la juventud, los hombres que no saben amar no lo olvidan en su adultez.
"Tal es el legado que ahora creo que soy uno de ellos, ¡RENUNCIO!, estoy cansado de luchar por causas perdidas, yo no sacrificaré mi vida por alguien que no está dispuesto a sufrir conmigo, quien no pueda seguir mi paso, que no sostenga mi mano, pues al soltarme, no podrá seguir mi camino, no podrán comprarme con promesas materiales, no agradeceré migajas de amor, pues lo que yo busco es puro y auténtico, sé que contigo no lo hallaré. Es por eso que a pesar de mis palabras, en mis sueños, ya no estás presente. Déjame en paz, seguir mi camino. Porque a pesar de que nos haya vuelto a unir el destino, no habrá promesa que pueda convencerme. Ya no tengo ilusiones contigo y me proclamo en tu contra, amistad es lo que tengo, porque no estoy dispuesto a compartir mi vida con las marcas que el arrepentiemiento ha dejado. Por eso es que yo bien mis pasos hube calculado, en ningún momento tomé malas decisiones,bien consciente estaba de que alguien más adelante me reprocharía lo que conmigo ha pasado".
De entre las cenizas podrán ser sus corazones rescatados, podría ser de otra manera. Pero bien dicen que el dolor ha purificado las almas de los pecadores desde tiempos inmemoriables.
Es la carga de energía la que decide hacia dónde éstos hombres, hojas a la deriva en la tempestad del devenir divino concierne. La que decidirá si la renuncia es válida.
Siento tanto las palabras hirientes de estos hombres, por ellos pido indulgencias, pues su debilidad los hizo pecadores y sobre todo, ellos sí saben lo que hacen. ¿Podría el destino tener compasión de éstas criaturas después del sufrimiento que han pasado? ¿Existirá aquél que les devuelva sus sueños y que acepte su destrozado y envenenado corazón? ¿Será alguien capaz de hacer cambiar su renuncia por una nueva lucha por la vida a aquéllos decepcionados?
El amor no cambiará su manera de pensar, pero seguro encausará su lucha y dirigirá su solitaria fortuna.

sábado, 2 de febrero de 2013

Más allá del viento.

Tras las colinas más recónditas, allá donde el viento juega gustoso a voluntad con las hojas de los áboles cual niño jugueton esperando durante el día hasta agotar sus energías para poder descansar durante la noche y poder volverse hombre y esparcirse en forma de niebla, cubrir la faz de la tierra con un pesado manto de humedad y con ello darle vida  al verde pasto.
Así podía verla correr a ella, tratando de perseguir la imágen de aquél que quería llevar en su vientre. Como esperando que éste pudiese entrar en su cuerpo y encarnarse hombre.
Tierno espectro vislumbraban mis ojos.
Mientras una cascada que emanaba agua pura y cristalina, reflejo mismo de su alma, al chocar contra las rocas pronunciaba su dulce nombre. Auquél que solo es pronunciado por el silbido del viento, quien celoso guarda en secreto a su bella amada evitando que haga eco en el acantilado. Quien fuera tan afortunado de ser protagonista de tan utópica historia.
Queriendo seguir sus pasos me adelanté hasta donde está ella, pudiendo tomar entre mis manos su cadera. Figura de cristal cuya delicadeza tenía miedo de verse profanada y quebrantarse con el más ligero toque de mis dedos.
Como un sueño, sublime, ella se desvanecía al pasar su figura entre mis brazos. Podía verla fluir alejándose de mí sin despedirse, pues aunque yo sabía perfectamente quién era, no era precisamente su nombre lo que me intersaba saber de ella.
El misterio envuelto en ese delicado ángel de los ojos claros como el agua incipiente de un fresco manantial y cabellos claros que destellaban chispas luminosas con la incandescencia de las brazas ardientes y juveniles de su piel, dorada y cuyo fulgor, semejante al radiante sol que al alba deja verse al horizonte, cegador a la débil percepción de los ojos del hombre.
¿Cómo olvidar esa sonrisa juguetona y traviesa que acaricia el alma?
¿Quién ha de ser capaz de seguirte a tí que puedes perseguir al viento?
¿Quién ha de ser tan eterno como para estar a tu lado en todo momento?
¿Existe algún hombre que pueda seguir tu paso en movimiento?
Será aquél que no conozca el sufrimiento y puro sea de sentimiento.

viernes, 1 de febrero de 2013

El suplicio de Helios.

Helios, el sabio. El símbolo de la grandeza, el omnipotente.
En el templo de los cielos, donde yacen todas las ideas de los hombres, tiene por morada el más delicado de los aposentos, cubierto con el manto de la sabiduría, su alma pura y noble siempre dispuesta a favorecer a los desvalidos.
Paséabase él por los corredores de la mente humana cual siervo sobre las verdes praderas sirviéndose de degustar de los manjares que ofrecía el conocimiento humano.
Su carácter irreprochable, dábale a él la imágen de un ser perfecto.
Y aunque consciente de su posición, él gustaba de compartir su lugar entre quienes le rodeaban y jamás hacía sentir a nadie por debajo de su sombra.
Deimos entró entonces por el corredor haciendo alarde de su poderío.
Hasta entonces, Helios jamás había dudado de su fe o sus creencias.
Pero hasta el alma más pura, también puede ser corrompida.
Deimos estaba perfectamente consciente de eso, éste, vestido con su traje oscuro cual noche de invierno, al igual, frío. Hacía que aquél lugar se tornáse lúgubre, apenas apetecible para conversar sin exhalar el gélido vapor que emana de los pulmones al hablar y que se condensa formando una nube espesa de palabras apenas audibles.
Tal era la pesada presencia de Deimos. Helios sabía perfectamente que las intenciones de Deimos nunca han sido buenas. Puesto que él mismo representa el terror del alma.
Fue así como ambos se encontraron a solas. ¿Cómo podría hablar la luz con la oscuridad?
Entonces es cuando surge la lucha de poderes. Sin embargo, Deimos no estaba dispuesto a pelear por nada, pues hasta el miedo puede verse derrotado. Y Helios es especialista, conoce mejor que nadie a Deimos, pues no podría vivir el uno sin el otro. Aunque la eterna pugna entre la luz y las sombras se mantendrá vigente hasta el fin de los días. Mientras los hombres tengan memoria, ellos siempre serán rivales.
Algunos cambios requieren una fuerza natural que los impulse.
Deimos quiere volver a ocupar su lugar entre los suyos, pues el exhilio al que fue sometido por desobediencia le ha costado por precio una pesada agonía. Helios sin en cambio, está envejeciendo y comienza a desconocer el drástico devenir de los hombres. Sus ideas son viejas y no puede ya prestar atención a las palabras de los desterrados.
Propuso entonces Deimos el lugar de Helios tomar por algún tiempo, solo hasta que éste pueda recuperar sus alas y poder regresar al Olimpo. Mientras que Helios padecería como los demás hombres, entregándose a los placeres mundanos que tanto corrompen y aniquilan el carácter divino de su ser.
En tiempos modernos, el espíritu de Helios continúa con su suplicio, pues no ha perdido el camino que había decidio elegir, las salidas para purificar su alma se encuentran en deshacerse de ese lastre material que como desterrado le ha tocado cargar.
Mientras tanto Deimos, coronado de vítores, continúa con su reinado. Pues ahora ya no es la luz la que ciega los ojos de los hombres, ya no es la sabiduría la que regocija su mirada. Ahora solo se contempla la sombra.
Helios ha de encontrar el camino a su santuario nuevamente, pues Deimos algún día regresará a tomar el lugar que antiguamente le correspondía.
Pues todos están a Mercer de Cronos, cuya voluntad, inefable, todo lo devora a su paso. Aquél padre, que más que justo, cae en el descaro de la tiranía. Pues siempre exige cuentas de todo lo que bajo su mano sucede.
Cronos está avanzando hacia el encuentro de Helios...

Tres Lunas.

En un oscuro bosque me encontraba porque el rumbo había perdido. En procesión tuve que seguir a gente desconocida hasta el lugar donde hallábase un extraño santuario. Pequeño lucía a lo lejos.
Hacía mi espíritu compañía para aquéllos desconocidos cuya identidad será para mí un misterio. Mi alma errante abandonó el grupo una vez que hubo acampado en aquél santuario. El caminar me llevó por un sendero donde podía distinguir al horizonte la incipiente noche que a cada paso se hacía más oscura. Y mi inminente deseo por poseer las estrellas me obligó a mirar al cielo, donde con júbilo pude distinguir la belleza de tres lunas.
El fulgor de sus destellos me atrajo tanto que mi espíritu se proyecto contra ellas para poder tocarlas y convencer a mi razón para asegurar que era verdad lo que mis ojos estaban viendo.
Una vez hube regresado de tocar con mis dedos cada luna, seguí mi camino hasta la casa de un conocido, de quien no tengo memoria. Ahí me encontré con tres veladoras, cada una con un ángel grabado. No soy capaz de asegurar el color o la forma que tenía cada uno de ellos, pues nada me gustaría más que poder recordar quiénes eran esos tres mensajeros. Misterio es para mí si cada uno asociábase con cada luna. Bien pudiera ser así.
Por eso es que decidí tomar cada una de las veladoras y continuar mi camino.
El camino de los astros es lo que me tuvo intrigado, perplejo y alegre, pues jamás en mi corta existencia había sido partícipe de semejante fenómeno.
Mis ojos no podían dar crédito a lo que habían visto y mi tacto al sentimiento que había tenido.
Posterior al júbilo, vino la realidad.
Mi cuerpo encontrábase postrado sobre el asiento del vehículo, esperando nuevamente los golpes que la realidad asoma con el alba. Las posibilidades mientras el espíritu viaja, parecen infinitas cuando éste se deshace de ese pesado lastre que llamamos cuerpo.
Y aunque bien uno complementa al otro, es el espíritu el que vive mientras el cuerpo duerme.