Conociéndonos por tanto tiempo, recuerdo en los años de nuestra infancia su carismática sonrisa siempre llena de plenitud y gracia, de sinceridad e inteligencia. Fueron los años difíciles los que lo hicieron malvado, su mente estaba corrompida por los infortunios inherentes a la maldición de convertirse en adulto, las adversidades nos muestran la naturaleza de nuestro carácter y sin duda a pesar de la delicadeza de su espíritu y la fragilidad de su corazón, su alma siempre fue de un roble, fuerte ante las tempestades, pues por más que sus ojos se inundaban en lágrimas, su corazón latía con el estruendo de los tambores de batalla que a los antiguos gladiadores romanos marcaban el paso. Ya solo quedaban los despojos de su cuerpo, su dignidad hecha pedazos, sin otro orgullo que el de poder levantar la frente al sol por las mañanas y agradecer únicamente por permanecer con vida. Tal es la fortuna de alguien que le declaro la guerra al mundo y se enfrentó solo a sí mismo, y a su vez, ver la propia derrota, sabiendo que todo esfuerzo fue en vano incluso para lidiar una batalla contra el interior de la propia mente.
Es así como en la miseria uno abandona su espíritu para ser devorado por los propios pecados, Y a pesar de los efímeros placeres que brinda la perdición, yo sabía que no se comportaba así por por naturaleza, más bien era una persona viviendo el tiempo a destiempo, una juventud atrasada de momentos que jamás volverán porque no tuvo oportunidad de deshacerse antes de esa pesada carga llamada juventud y que lejos de traerle alegrías, solo le recordaba amarguras.
Es así como una persona adulta trata de recuperar el tiempo perdido, perdiéndose a sí mismo en un tiempo al que ya no pertenece y sin embargo, consciente de las viscitudes que ésto conlleva, alejarse de los vicios es apenas una idea remota, pues no conoce el limite.
Después de tanto tiempo y de que sus ojos ya no reflejan alegrías, sino tristezas, noches largas reflejo de expectantes esperanzas que se fugaron de entre sus dedos, sus manos débiles, apenas con fuerza para estrechar un saludo, pues también había aprendido a desconfiar de quienes le tienden el saludo. Su sonrisa la honestidad pura de su esencia, la nobleza de su alma y la fuerza de su corazón, era esa, su sonrisa, la que seguía siendo un inquietante misterio, pues a pesar de todas esas adversidades, a pesar de todos esos pecados, su sonrisa no había cambiado.
Es así como en la miseria uno abandona su espíritu para ser devorado por los propios pecados, Y a pesar de los efímeros placeres que brinda la perdición, yo sabía que no se comportaba así por por naturaleza, más bien era una persona viviendo el tiempo a destiempo, una juventud atrasada de momentos que jamás volverán porque no tuvo oportunidad de deshacerse antes de esa pesada carga llamada juventud y que lejos de traerle alegrías, solo le recordaba amarguras.
Es así como una persona adulta trata de recuperar el tiempo perdido, perdiéndose a sí mismo en un tiempo al que ya no pertenece y sin embargo, consciente de las viscitudes que ésto conlleva, alejarse de los vicios es apenas una idea remota, pues no conoce el limite.
Después de tanto tiempo y de que sus ojos ya no reflejan alegrías, sino tristezas, noches largas reflejo de expectantes esperanzas que se fugaron de entre sus dedos, sus manos débiles, apenas con fuerza para estrechar un saludo, pues también había aprendido a desconfiar de quienes le tienden el saludo. Su sonrisa la honestidad pura de su esencia, la nobleza de su alma y la fuerza de su corazón, era esa, su sonrisa, la que seguía siendo un inquietante misterio, pues a pesar de todas esas adversidades, a pesar de todos esos pecados, su sonrisa no había cambiado.